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Quién tiene derecho al centro: la disputa cultural detrás del caso Bad Bunny

  • Foto del escritor: Alejandra Blanco
    Alejandra Blanco
  • 14 feb
  • 2 Min. de lectura

Tenía catorce años cuando una compañera en Nueva York me preguntó: So, do you like America?

Le respondí, sin ironía: I live in America.

I’m from Argentina.


La conversación fue breve. No compartíamos el mismo significado para una palabra aparentemente simple. Una diferencia de mapa. Y los mapas no suelen dibujarlos quienes quedan fuera de ellos.


Muchos años después, cuando Bad Bunny gritó “God bless America” y, sin pausa, enumeró el continente, recordé aquella escena. El gesto no necesitó traducción. Introdujo una fisura leve en un nombre que suele pronunciarse como si fuera indiscutido.


Fue un desplazamiento mínimo en el centro de un ritual mayor.


El Super Bowl no es solo entretenimiento. Es una ceremonia de autoafirmación nacional transmitida a escala planetaria. Allí confluyen capital financiero, patrocinio corporativo y liturgia patriótica en una misma coreografía. Nada de lo que ocurre en ese escenario está fuera de esa arquitectura.


Por eso la escena excede la clave estética. Lo que se jugaba era más antiguo: quién puede representar a la nación sin traducción.


La discusión sobre el nombre “América” no es nueva. Lo novedoso fue el escenario y la escala. Que esa enumeración continental ocurriera dentro del dispositivo mediático más consolidado del nacionalismo estadounidense no alteró su estructura económica. Mientras el nombre se expandía, la facturación permanecía intacta. El capital financiero no se desplazó un centímetro.


Y, sin embargo, el episodio no fue irrelevante.


El capital simbólico circula sin pedir permiso a la hoja de resultados, aunque se alimente de ella. Confundir esos planos conduce a errores de lectura: celebrar como emancipación política lo que es integración de mercado, o descartar como insignificante lo que reordena jerarquías culturales.


Que millones de espectadores hayan seguido el show en español confirma algo más que una tendencia demográfica. La audiencia ya no es monolingüe. La NFL —entidad corporativa profundamente pragmática— no invitó a Bad Bunny por caridad cultural, sino por viabilidad de mercado. Entendió que para sostener una industria multimillonaria necesita incorporar la vitalidad de una periferia que ya no acepta ser traducida.


Las grandes plataformas contemporáneas han demostrado una capacidad notable para absorber la diferencia. Incorporan estéticas disidentes, las amplifican y las convierten en espectáculo global, activando cadenas de valor complejas. Esa absorción no es censura; es administración.


Reducir el episodio a una operación de marketing sería simplificador. La centralidad cultural latinoamericana no es un espejismo. El español ocupa hoy una posición estructural en la industria global del entretenimiento. Lo urbano latino dejó de ser exotismo para convertirse en infraestructura.


El mainstream no equivale a mando.


Que ciertos códigos culturales ingresen al centro simbólico —y generen dividendos millonarios— no implica que ese centro haya cedido autoridad. Puede haber ampliado su perímetro sin ceder el control del edificio.


La reacción política frente al espectáculo forma parte de la misma dinámica. La cultura condensa disputas identitarias en sociedades polarizadas. Pero esa polarización también genera circulación, y la circulación genera valor.


Reconocer los límites no reduce la potencia del gesto; la vuelve más legible.


La soberanía simbólica no sustituye a la soberanía económica. A veces la precede. A veces la disimula.


Lo que la escena dejó al descubierto no es una resolución, sino una tensión.


El centro no cambió de dueño. Cambió de sonido.

 
 
 

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