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- Quién tiene derecho al centro: la disputa cultural detrás del caso Bad Bunny
Tenía catorce años cuando una compañera en Nueva York me preguntó: So, do you like America? Le respondí, sin ironía: I live in America. I’m from Argentina. La conversación fue breve. No compartíamos el mismo significado para una palabra aparentemente simple. Una diferencia de mapa. Y los mapas no suelen dibujarlos quienes quedan fuera de ellos. Muchos años después, cuando Bad Bunny gritó “God bless America” y, sin pausa, enumeró el continente, recordé aquella escena. El gesto no necesitó traducción. Introdujo una fisura leve en un nombre que suele pronunciarse como si fuera indiscutido. Fue un desplazamiento mínimo en el centro de un ritual mayor. El Super Bowl no es solo entretenimiento. Es una ceremonia de autoafirmación nacional transmitida a escala planetaria. Allí confluyen capital financiero, patrocinio corporativo y liturgia patriótica en una misma coreografía. Nada de lo que ocurre en ese escenario está fuera de esa arquitectura. Por eso la escena excede la clave estética. Lo que se jugaba era más antiguo: quién puede representar a la nación sin traducción. La discusión sobre el nombre “América” no es nueva. Lo novedoso fue el escenario y la escala. Que esa enumeración continental ocurriera dentro del dispositivo mediático más consolidado del nacionalismo estadounidense no alteró su estructura económica. Mientras el nombre se expandía, la facturación permanecía intacta. El capital financiero no se desplazó un centímetro. Y, sin embargo, el episodio no fue irrelevante. El capital simbólico circula sin pedir permiso a la hoja de resultados, aunque se alimente de ella. Confundir esos planos conduce a errores de lectura: celebrar como emancipación política lo que es integración de mercado, o descartar como insignificante lo que reordena jerarquías culturales. Que millones de espectadores hayan seguido el show en español confirma algo más que una tendencia demográfica. La audiencia ya no es monolingüe. La NFL —entidad corporativa profundamente pragmática— no invitó a Bad Bunny por caridad cultural, sino por viabilidad de mercado. Entendió que para sostener una industria multimillonaria necesita incorporar la vitalidad de una periferia que ya no acepta ser traducida. Las grandes plataformas contemporáneas han demostrado una capacidad notable para absorber la diferencia. Incorporan estéticas disidentes, las amplifican y las convierten en espectáculo global, activando cadenas de valor complejas. Esa absorción no es censura; es administración. Reducir el episodio a una operación de marketing sería simplificador. La centralidad cultural latinoamericana no es un espejismo. El español ocupa hoy una posición estructural en la industria global del entretenimiento. Lo urbano latino dejó de ser exotismo para convertirse en infraestructura. El mainstream no equivale a mando. Que ciertos códigos culturales ingresen al centro simbólico —y generen dividendos millonarios— no implica que ese centro haya cedido autoridad. Puede haber ampliado su perímetro sin ceder el control del edificio. La reacción política frente al espectáculo forma parte de la misma dinámica. La cultura condensa disputas identitarias en sociedades polarizadas. Pero esa polarización también genera circulación, y la circulación genera valor. Reconocer los límites no reduce la potencia del gesto; la vuelve más legible. La soberanía simbólica no sustituye a la soberanía económica. A veces la precede. A veces la disimula. Lo que la escena dejó al descubierto no es una resolución, sino una tensión. El centro no cambió de dueño. Cambió de sonido.
- ¿Qué significa eliminar el IMLS? Una pregunta estructural para la cultura en Estados Unidos
No es la primera vez que el Instituto de Servicios de Museos y Bibliotecas (IMLS, por sus siglas en inglés) aparece en el centro de una tormenta política. Pero la reciente orden ejecutiva firmada por el presidente Donald Trump —bajo el nombre “Continuing the Reduction of the Federal Bureaucracy”— va más allá del gesto simbólico o la retórica anticentralista: se trata de una decisión que podría implicar la desaparición de una de las pocas agencias federales dedicadas exclusivamente a financiar instituciones culturales en todo el territorio estadounidense. Para comprender la magnitud de esta medida, es necesario apartarse del vértigo de la coyuntura y observar con mirada estructural el ecosistema cultural norteamericano, un sistema complejo donde conviven, no sin tensiones, el mercado, el mecenazgo privado y el financiamiento estatal. A diferencia de otros países que sostienen grandes ministerios de cultura, el modelo estadounidense ha delegado históricamente buena parte de la política cultural a agencias especializadas como el IMLS, el National Endowment for the Arts (NEA) o el National Endowment for the Humanities (NEH), organismos cuya legitimidad descansa en su rol técnico y descentralizado, y que funcionan como distribuidores de recursos en múltiples niveles. El IMLS representa, dentro de ese esquema, la columna vertebral de una red nacional de bibliotecas públicas y museos comunitarios. Aunque su presupuesto anual apenas alcanza el 0,0046% del gasto federal, sus subsidios impactan profundamente en zonas rurales, escuelas públicas y centros culturales locales, aquellos espacios que —lejos del foco mediático— son clave para el acceso a la educación, la memoria colectiva y el desarrollo de las industrias culturales en sus primeras etapas. La decisión del Ejecutivo ha generado un inmediato rechazo por parte de las principales instituciones del sector. La American Library Association (ALA) advirtió que esta medida “pone en riesgo a una de las instituciones más confiables de los Estados Unidos”, mientras que la American Alliance of Museums (AAM) señaló que eliminar el IMLS “socava el papel educativo, económico y comunitario de los museos”. No son reacciones defensivas: son voces que conocen el impacto real de una decisión que, bajo el argumento de reducir el tamaño del Estado, puede vaciar de contenido a todo un ecosistema. Pero tal vez la pregunta más relevante no sea qué lugar debe ocupar el Estado en la política cultural —un debate necesario pero habitual—, sino qué están dispuestas a hacer las instituciones culturales y la ciudadanía frente a su desmantelamiento. ¿Cuál es su fuerza real en la sociedad? ¿Van a mirar como espectadores cómo se desarticula la infraestructura pública que hizo posible durante décadas el acceso a la cultura? ¿O serán capaces de convertirse en actores políticos de su tiempo? ¿Tienen las bibliotecas, los museos, los centros culturales y educativos la capacidad de articularse, movilizarse, defender su legitimidad pública más allá del lobby? ¿Podrán transformar la indignación en estrategia, y la estrategia en acción colectiva? Porque hablar del IMLS, al fin y al cabo, no es solo hablar de una agencia federal. Es hablar de la vitalidad de una sociedad. Lo que está en juego no es simplemente un presupuesto, sino la conciencia —o la indiferencia— con la que una nación defiende, o deja desaparecer, sus espacios simbólicos, sus derechos culturales y su relato común.
- La promesa de Belén: Resistencia, Amor y Fe en tiempos de Oscuridad
La Navidad, más allá de los destellos ornamentales y los ecos de villancicos, encierra una narrativa que atraviesa las fisuras del tiempo: resistencia, amor y esperanza en tiempos oscuros. Una pareja desplazada, refugiada en su propia tierra, buscando un lugar donde la vida pudiera abrirse paso entre los escombros de la incertidumbre. La imagen de José y María cruzando Belén, con su hijo a punto de nacer en un pesebre improvisado, no es solo un episodio bíblico; es la representación universal de quienes, enfrentados a fuerzas implacables, eligen proteger la fragilidad de la existencia contra toda probabilidad. Este relato, tan antiguo como la humanidad misma, reverbera hoy en cada esquina del planeta donde la luz parece haber menguado. Según la ONU, vivimos el momento con mayor cantidad de conflictos bélicos desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. En Ucrania, Sudán, Yemen o Palestina, las guerras devoran lo esencial: el hogar, la infancia, la posibilidad misma del futuro. Pero, más allá del sonido de los cañones y el espectáculo grotesco del poder, existen pequeños actos que resisten el avance de la destrucción: un niño que aprende a escribir en un refugio, una madre que improvisa un pesebre con retazos de esperanza, un médico que se niega a abandonar su puesto. La migración forzada, inevitable consecuencia de estas tragedias, se ha convertido en una de las grandes epopeyas contemporáneas. Según ACNUR, más de 108 millones de personas han sido desplazadas, empujadas por guerras, desastres climáticos y sistemas económicos que condenan a la precariedad perpetua. La marcha de estos millones, silenciosa y desgarradora, recuerda la obstinación de los caminantes de Belén: cada paso hacia lo desconocido es un grito de fe en la posibilidad de reconstruir lo que parece perdido. No es la migración, como muchos suponen, un fenómeno meramente físico; es una travesía que redefine identidades, fronteras y, en última instancia, la propia idea de humanidad. La Navidad, en su esencia más pura, no es un refugio sentimental ni una tregua momentánea en medio del caos. Es, paradójicamente, un desafío a las lógicas del mundo. Celebrar la vida en un entorno que parece inclinarse hacia la muerte es un acto profundamente subversivo. Es rechazar la lógica del miedo, la inercia del odio, la normalización de la violencia. Apostar por la luz no es un gesto ingenuo; es una rebelión contra la oscuridad, una afirmación de que la humanidad aún puede ser más que sus peores impulsos. En este marco, Belén deja de ser un lugar geográfico para convertirse en un estado simbólico, un espacio de resistencia en medio de la adversidad. En las trincheras de Ucrania, donde soldados y civiles comparten pan bajo el cielo estrellado, o en los campos de refugiados de Lesbos, donde un voluntario ofrece una manta a un recién llegado, la luz de Belén persiste. Es una luz tenue, sin alardes, pero capaz de abrirse camino entre las grietas más profundas. La resistencia de José y María no fue un acto heroico en el sentido convencional; no levantaron armas ni desafiaron imperios. Su heroísmo residió en su capacidad de proteger la vida, de apostar por lo frágil, de construir un refugio en un mundo que parecía desmoronarse. Esa misma resistencia late hoy en cada acto que se opone a la desesperanza: en quienes reconstruyen hogares tras un huracán, en quienes cuidan a los heridos en zonas de guerra, en quienes dan a luz en los lugares más improbables. Decir que la esperanza no es ingenua parece, en estos tiempos, un acto de provocación intelectual. Pero no hay afirmación más cierta: la esperanza es la fuerza que, contra toda lógica, ilumina incluso las noches más largas. No se trata de un optimismo fácil ni de una fe ciega, sino de una fuerza obstinada, profundamente humana, que se niega a aceptar la derrota como única posibilidad. La Navidad, entonces, no es un respiro del sufrimiento ni una pausa en la tragedia global. Es la encarnación misma de la resistencia: una invitación a reconocer que, incluso en los momentos más oscuros, siempre es posible imaginar y construir un camino hacia la luz. Porque apostar por la vida, en última instancia, es el acto más revolucionario de todos. Alejandra Blanco
- El rol de la inteligencia artificial en la creatividad humana: ¿Amenaza o potenciador de la innovación cultural?
Durante las últimas décadas, la inteligencia artificial (IA) ha sido vista muchas veces como una herramienta técnica destinada a automatizar procesos repetitivos. Sin embargo, estamos en un punto de inflexión donde la IA ha comenzado a desempeñar un papel más activo en la creación artística, lo que nos lleva a una pregunta crucial: ¿es la IA una amenaza para la creatividad humana o un catalizador que la potencia? El sector cultural y creativo ha experimentado varias olas de innovación tecnológica que han suscitado escepticismo. La llegada de la fotografía fue inicialmente vista como una amenaza para la pintura, pero más tarde amplió las posibilidades creativas. Hoy, con la IA, estamos presenciando un cambio similar. Margaret Boden, pionera en el estudio de la creatividad artificial, sostiene que "el verdadero desafío no es si las máquinas pueden ser creativas en el sentido humano, sino si pueden estimular nuevas formas de creatividad que los humanos por sí solos no habrían explorado" 1 . Esta reflexión nos invita a reconsiderar el papel de la IA no solo como una herramienta técnica, sino como un socio en la co-creación artística. Proyectos como The Next Rembrandt (2016), que utilizó IA para crear una nueva obra en el estilo del maestro holandés, marcaron un hito importante, pero desde entonces, la IA ha avanzado rápidamente. Proyectos más recientes, como AICAN y DALL·E 2 , han demostrado que las máquinas pueden generar arte sin seguir reglas predefinidas. AICAN produce obras apreciadas en galerías internacionales, mientras que DALL·E 2 tiene el potencial de transformar disciplinas como el diseño gráfico y la ilustración. Lev Manovich, teórico de los nuevos medios, explica en su obra AI Aesthetics que "la IA no solo simula la creatividad humana; introduce paradigmas estéticos completamente nuevos, transformando la forma en que definimos y nos relacionamos con el arte en la era digital" 2 . Este enfoque sugiere que la IA no es una mera imitadora, sino una tecnología que abre posibilidades inéditas, ampliando los horizontes creativos. Uno de los ejemplos más innovadores en los últimos años ha sido la ópera Frankenstein AI , presentada en Los Ángeles en 2021. Esta obra utiliza IA para interactuar en tiempo real con la audiencia, ajustando la narrativa según las respuestas del público. Este tipo de colaboración entre máquina y humano desafía los límites tradicionales del storytelling y plantea nuevas preguntas sobre el futuro de la narrativa interactiva. Arthur I. Miller, en su libro The Artist in the Machine , destaca que "la sinergia entre humanos y la IA no es solo una colaboración; es el nacimiento de una nueva forma de inteligencia creativa" 3 . La IA, en este contexto, no reemplaza al artista, sino que actúa como un compañero que amplía el potencial creativo del ser humano, llevando la creación artística a territorios previamente inexplorados. Para los gestores culturales, la cuestión no es solo adoptar estas tecnologías, sino entender cómo integrar la IA de manera ética y creativa en sus procesos. La IA plantea preguntas fundamentales sobre la autoría y la propiedad intelectual. ¿Quién es el autor de una obra creada por una máquina? ¿Qué papel juega el creador humano en este nuevo ecosistema creativo? Estas son cuestiones que ya no se pueden ignorar en el sector cultural y creativo. En un mundo donde la tecnología y la cultura están cada vez más interconectadas, la clave para los líderes del sector es ver a la IA no como una amenaza, sino como una oportunidad para ampliar la imaginación y explorar nuevas formas de colaboración. Como señala Murray Shanahan, "la IA no es un sustituto de la creatividad humana, sino una extensión de nuestras propias capacidades cognitivas, permitiéndonos explorar avenidas creativas previamente inimaginables" 4 . Al igual que la revolución digital transformó la animación y el cine, aquellos que lideren la integración de la IA en el arte y la cultura estarán a la vanguardia de una nueva ola de innovación. La IA es la próxima frontera, y aquellos que la vean como una aliada en la creación serán quienes definan el futuro del arte. Margaret Boden , profesora emérita de Ciencias Cognitivas en la Universidad de Sussex, es una pionera en la investigación sobre creatividad y tecnología. Su libro Creativity and Artificial Intelligence (1998) es uno de los primeros en examinar cómo la IA puede generar ideas creativas. Lev Manovich , teórico de los nuevos medios y profesor en la City University of New York, es autor de AI Aesthetics (2018), una obra que explora el impacto de la IA en la creación artística y la estética contemporánea. Arthur I. Miller , historiador de la ciencia y autor de The Artist in the Machine: The World of AI-Powered Creativity (2019), investiga cómo la IA está transformando la creación artística y cómo los artistas están colaborando con la tecnología. Murray Shanahan , profesor de Robótica Cognitiva en el Imperial College de Londres, es autor de The Technological Singularity (2015) y ha investigado el impacto de la IA en la cognición y la creatividad humana.
